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Críticas

Skin: Demonios en la piel, redención en el corazón

“Bajé de la montaña, crucé las aguas a una costa lejana. Caminé por el patio de la prisión tratando de esconder el pasado. Había fantasmas alrededor de mí que dejaron mi mente atónita”. Con esta preciosa canción, cantada y tocada al ukelele por dos jovencísimas actrices, se acompaña la secuencia más importante de Skin (2018), una película que nos llega a salas en nuestro país con cierto retraso considerando que fue presentada en el Festival de Toronto en 2018 y estrenada en salas comerciales de Estados Unidos en el verano de 2019.

Guy Nattiv quiere contarnos aquí la historia real de Bryon Widner, ex miembro de un grupo de supremacistas blancos del medio oeste estadounidense, que con la ayuda de un activista negro y la fuerza que le insufla la mujer de la que se ha enamorado consigue salir de los círculos skinhead entre los que se ha criado, llegando incluso a poner en peligro su vida y la de su nueva familia. El director israelí vuelve con esta película a repetir su modus operandi habitual de realizar primero un cortometraje y luego convertirlo a largometraje volviendo a rodarlo con reparto y guión totalmente nuevos. Así hizo con sus dos anteriores películas, pero esta es la primera vez que rueda en inglés un proyecto estadounidense, protagonizado por el actor británico Jamie Bell y la siempre solvente Vera Farmiga.

Para referirnos al trabajo de Bell, sin duda sobresaliente y aclamado unánimemente, tenemos que mirar de reojo al papel que Edward Norton compone en American History X (1998), y es que, aunque las comparaciones sean odiosas, es inevitable retrotraerse a la fabulosa ópera prima de Tony Kaye a la hora de valorar Skin en todos sus aspectos. Se trata de una referencia de doble filo, ya que si bien es cierto que tomando como ejemplo una obra de semejante calibre ya se hace recomendable el visionado de cualquier film que se le parezca, también es verdad que siendo esta una película realizada veinte años después no aporta nada nuevo respecto al clásico de los noventa, y ni siquiera actualiza el relato de éste limitándose a construir un biopic del personaje en cuestión.

Nattiv no delega un ápice de autoría de su obra y dirige, produce y escribe el guión de una película que no termina de funcionar en los tres aspectos. Podemos afirmar que el diseño de producción es muy convincente, la puesta en escena es efectiva pero poco vistosa y más bien estándar, y el guión deja bastantes agujeros sin tapar en cuanto al desarrollo de personajes se refiere, dejando además bastante inconexas algunas escenas. Es gracias a –o por culpa de– la secuencia señalada al inicio de esta crítica que la película se divide en dos partes narrativas bastante diferenciadas, tanto en su contenido como en la manera de ser tratado. La primera mitad del film presenta escenas poco o nada contextualizadas en las que vemos retazos de momentos de la vida del protagonista, llegando a ser difícil percibir las motivaciones de los personajes, o directamente imaginándonoslas. En cambio, en la segunda mitad del film podemos apreciar una progresión narrativa mucho mejor resuelta, una evolución de personajes más medida y unos puntos de conflicto fenomenalmente insertados.

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© Maven Pictures / Brookstreet Pictures

Es con esta secuencia colocada en medio del metraje que Nattiv empieza a contarnos otra película, y lo que resulta curioso es que además de funcionar como bisagra narrativa por aquello que se nos muestra y por la manera en que da pie a otra dimensión del relato (que es mejor no desvelar aquí), también es la secuencia más bellamente filmada y la que el director decide contar con un estilo cinematográfico completamente diferente al del resto de la película: del tono realista, y sin sonido extradiegético pasamos a una secuencia aislada a cámara lenta, con música y un tono más poético. No es baladí abrir este texto con la letra de la canción que le cantan las niñas al protagonista, pues Bryon descubre razones e ilusiones para construir una nueva vida aun sabiendo que el camino que le espera será sombrío y doloroso, y la misma canción continúa así: “No pude compartir tu pena ni limpiarte con mis lágrimas. Tus nociones medio olvidadas de amor no eran sinceras. Y la lluvia vino y borró las acuarelas de mis sueños. Y el mismo día me alejé del vacío de lo que había visto”.

Lo mejor: Su segunda mitad, donde la película da un paso adelante.

Lo peor: Ciertos agujeros en el desarrollo de personajes que afectan al transcurrir de algunas escenas.

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