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Reportajes

10 imprescindibles del Studio Ghibli en Netflix

Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Hayao Miyazaki, 1988) – Ya disponible

La fijación por el detalle de lo minísculo, de lo que podríamos llamar esencial, es el contrapunto de una obra que, como sería habitual en la filmografía de Ghibli, apelaría a lo imposible a través de una historia más cercana al realismo mágico que al cine fantástico al que nos tenía acostumbrados parte del anime japonés. Esta característica especial convirtió Mi vecino Totoro en una rareza con universo propio llena de criaturas extrañas y variopintos personajes. Como sacadas del lienzo de algún pintor entregado a las bondades narcóticas pero pasadas por el filtro del corazón más grande, las imágenes de la película de Miyazaki permanecen en la memoria además de haber dado a luz al gran Totoro, icono de la factoría de animación -como lo fuese Mickey para Disney- y un superventas que tardó en llegar a Europa más de lo deseado. Poco a poco, en el viejo continente empezarían a darse cuenta de que, al otro lado del charco, un pequeño taller estaba creando el germen de lo que más tarde sería una fabulosa colección de películas. Por Javier G. Godoy

La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, Isao Takahata, Japón, 1988) – Ya disponible

Isao Takahata se pasó toda la década de los 70 haciendo animación para televisión, y después de sentar cátedra creando series como Lupin Tercero, Heidi, Marco o Ana de las tejas verdes, decidió cambiar también la historia de la animación en el cine. Junto a su colega Hayao Miyazaki fundó el estudio Ghibli y pudo estrenar la que ha quedado como su gran obra maestra, La tumba de las luciérnagas. La película se abre con el espíritu de un niño que ha muerto durante la Segunda Guerra Mundial y nos presenta la historia de cómo él y su pequeña hermanita murieron, rememorando los terribles sucesos que les ocurren durante los bombardeos de la ciudad de Kobe. Necesaria y honesta, sin trampas lacrimógenas en su desarrollo narrativo, supone el salto definitivo que estaba esperando el cine de animación para poder ser visto de manera seria más allá del público infantil hacia el que normalmente iban dirigidas todas las producciones animadas, y puede ser vista como una declaración de intenciones del estudio para que los adultos considerasen el resto de películas que haría el estudio. Por Alexis Rodríguez

Porco Rosso (Kurenai no buta, Hayao Miyazaki, 1992) – Ya disponible

El prestigioso Festival de Annecy, lugar para el encuentro de las mejores producciones de animación de cada año, tuvo claro que el palmarés de la edición de 1993 tendría como bandera el delirante, divertidísimo y sorprendente film de Hayao Miyazaki; quizá, parte de un díptico oficioso que iba a formar, tiempo después, con El viento se levanta. El japonés dejó boquiabierto al respetable con la historia del mejor piloto de aviones del periodo de entreguerras: Porco, un cerdo de lo más hábil. Con esta premisa casi surrealista, Miyazaki dio a luz una película frenética con el tono aventurero del mejor cine clásico y que se apoyaba, una vez más, en la imponente animación que el estudio podía concebir. Este aspecto, insuperable, añadido a la belleza de sus diseños y la riqueza de personajes, convirtió instantáneamente a Porco Rosso en otro de los grandes hitos de la filmografía del maestro tokiota. Por Javier G. Godoy

La princesa Mononoke (Mononoke-hime, Hayao Miyazaki, Japón, 1997) – Ya disponible

Durante su trayectoria previa Miyazaki se había ido dando a conocer cada vez más fuera de las fronteras niponas, alcanzando reconocimiento en circuitos alternativos y ganando premios en festivales de animación, pero no fue hasta 1997 que alcanzó fama mundial gracias a La princesa Mononoke, que asaltó los mercados occidentales y los circuitos de distribución de todo el mundo. Es esta probablemente la película que mejor represente el estilo del estudio de animación desde Nausicäa del valle del viento (Kaze no Tani no Naushika, Hayao Miyazaki, Japón, 1984) –germen del espíritu Ghibli–, y es que se cumplen aquí todos los preceptos que asentó su obra fundacional: se trata de una película de aventuras donde se mezcla la fantasía con la tradición, donde los personajes femeninos adquieren una relevancia inusual para el cine de animación, donde las niñas pueden encontrar personajes protagonistas heroicas con las que identificarse, donde el fuerte mensaje ecologista llena el discurso del film y donde la cuidada ambientación y el diseño de personajes y escenarios alcanza un nivel de detalle que permite la creación de un universo coherente propio. Por Alexis Rodríguez

El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, Japón, 2001) – Ya disponible

Ya con el reconocimiento universal en el mundillo del cine, parecía que a Hayao Miyazaki no le quedaba ninguna cima más por conquistar. Nadie podía imaginarse en los albores del nuevo siglo el lugar que iba a ocupar el cine de animación gracias a una cinta que revolucionó todo: El viaje de Chihiro traspasó las fronteras prohibidas a la animación y se alzó con premios absolutos como el Oso de Oro en el Festival de Berlín o el BAFTA a la mejor película de habla extranjera, imponiéndose a todo tipo de dramas y cine de imagen real. Chihiro es una niña perdida al atravesar un túnel y acabar en su particular país de las maravillas, donde iniciará una surrealista travesía en la que Miyazaki sigue los pasos de Buñuel, saluda a Lynch y adelanta por la izquierda a Jodorowsky. Pero sobre todo, se mira al espejo y dialoga con el Hayao más puro y más honesto, el de la fantasía infantil que se vuelve adulta, el del mundo verde y azul castigado por la contaminación humana, y el de las bondades y la inocencia de una niña que, en el clímax de esta particular Alicia en el país de las maravillas de Miyazaki, termina sentada a tomar un té con sus alocados compañeros de viaje antes de volver a un mundo que no ha cambiado mientras ella descubría que los sueños a veces se hacen realidad. Por Alexis Rodríguez

El castillo ambulante (Hauru no Ugoku Shiro, Hayao Miyazaki, 2004) – 1 de abril en Netflix

Tres años después de sorprender al mundo con El viaje de Chihiro, Miyazaki volvió a dejar estupefactos a crítica y público con otro desfile de creaciones fantásticas y personajes inolvidables -¡qué genialidad es ese Calcifer!-. El castillo ambulante, su enésimo relato de aventuras, deslumbra en cada minuto confirmando con contundencia que la etiqueta «el Disney japonés» impuesta al director era mentira: Hayao Miyazaki dejaba claro que no tenía límites y que sus trabajos parecían superarse unos a otros distanciándose, además, de las convencionalidades de la productora de animación estadounidense, más preocupada por vender que por crear obras genuinas. El alma del realizador de Tokio se encuentra en cada fotograma de esta inmensa película, una sólida, mágica y luminosa adaptación de la novela de Diana Wynne Jones a la que volvió a poner su fabulosa música Joe Hishaisi. Por Javier G. Godoy

Cuentos de Terramar (Gedo Senki, Goro Miyazaki, 2006) – Ya disponible

Pese a lo que muchos esperábamos, Goro Miyazaki, el hijo del gran animador y cofundador de Ghibli, no se ha prodigado en la dirección de largometrajes para la factoría japonesa. Lo que parecía un evidente relevo a partir de Cuentos de Terramar, ha quedado en la realización, casi testimonial, de algunos trabajos para la televisión. Y es que, el film del nipón hacía fantasear con la idea de que Ghibli tendría una continuidad a la altura de sus creadores, pues el trabajo de Goro es un despliegue de creatividad con muchos de los ingredientes de las películas de su padre. Cuentos de Terramar es un producto cuidado al detalle que regala al espectador otro de esos relatos fantásticos a los que nos tiene acostumbrados la marca nipona; una oda a lo sobrenatural y a la imaginería medieval, con la que hace convivir constantemente los reconocibles gestos y trazos de la animación made in Ghibli. Por Javier G. Godoy

Ponyo en el acantilado (Gake no Ue no Ponyo, Hayao Miyazaki, 2008) – 1 de abril en Netflix

El Festival de Venecia volvió a abrir las puertas de su concurso a lo que parecía una especie de relajación creativa del estudio Ghibli. Ponyo en el acantilado se había publicitado, en cierta forma, como una nueva adaptación de La sirenita, lo que hacía pensar en un resultado menos interesante de lo habitual. Lejos de ese concepto, Miyazaki, que no ocultaba su intención de llegar a un público más infantil, se sacó de la manga otro largometraje apasionante que sorprende tanto en sus momentos más intimistas como en los tramos más épicos, quizá donde la película posee una mayor fuerza narrativa. Su tono menos adulto no le resta un ápice de genialidad al film, que tiene secuencias poderosísimas. Para variar, la productora japonesa no dejó ni un detalle sin pulir, ofreciendo al extasiado público un derroche de conciencia ecológica, aventura oceánica y amor por la música, aspecto en el que se homenajea al mismísimo Richard Wagner durante una escena sencillamente portentosa. Por Javier G. Godoy

El viento se levanta (Kaze tachinu, Hayao Miyazaki, Japón, 2013) – 1 de abril en Netflix

De manera adulta y con mucha ternura, El viento se levanta es una libre interpretación de la vida del ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, que pasó a la historia de la aviación por el diseño de los cazas japoneses de la Segunda Guerra Mundial. La película se mueve en todo momento entre el melodrama romántico y el biopic multilingüe –el guión original incluye diálogos en japonés, alemán, italiano y francés–, dando siempre un tono muy emotivo y muy sentido a las escenas ambientadas en hechos históricos como el gran terremoto de Kanto que sufrió el protagonista, la epidemia de tuberculosis que asoló Japón a finales de los años 20 o la persecución de intelectuales con ideologías revolucionarias en los años previos a la guerra, episodios que articulan la trama principal del relato. Pero todo esto lo consigue sin renunciar al drama intimista y a la poesía visual típica del imaginario del estudio Ghibli, bordando un discurso pacifista universal. En resumen, otra obra maestra de Miyazaki. Por Alexis Rodríguez

El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari, Isao Takahata, Japón, 2013) – Ya disponible

Durante ocho años, el cofundador del estudio Ghibli Isao Takahata estuvo preparando su retirada definitiva con un ambicioso proyecto y tremendamente laborioso desde el punto de vista de producción puesto que se disponía a dibujar con la técnica tradicional de animación cada plano de las dos horas y cuarto de película, pintado a carboncillo y coloreado en acuarela, y luego pasar a revisarlo digitalmente. La película está basada en un cuento popular del Japón feudal en el que una princesa nacida de un brote de bambú debe vivir en la Tierra, primero como una humilde niña de montaña y posteriormente como una rica y poderosa princesa, antes de tener que hacer frente a su triste y fatídico destino. El cuento de la princesa Kaguya nos envuelve con trazos finos que definen formas apacibles cuando el estado anímico de la princesa es feliz y relajado, y se vuelven caóticos como un vendaval cuando se altera, revelando cada plano como una bellísima composición pictórica con sentido propio. En un estilo de dirección con fuertes reminiscencias del mejor Kenji Mizoguchi, el maestro Takahata demuestra aquí un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico en el que a la postre sería su precioso testamento fílmico. Por Alexis Rodríguez

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