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Críticas

Los miserables: La violencia del arrabal

El extrarradio existe. Puede que no lo visites tanto como quisieras, pero ahí está, justo saliendo del centro. Lo reconocerás porque sus calles son estrechas, transitadas por mucha gente de piel oscura, que suelen regentar negocios en los bajos de gigantescos bloques de viviendas que ellos mismos y sus extensas familias habitan. En el cine suelen ser pasto de lo que en la posguerra se dio en llamar el neo-realismo (sobre todo en Italia) o tremendismo (sobre todo en España), y que con maestría y mala hostia fue llevado por Buñuel a su máxima expresión en Los olvidados (1950), y por Vittorio de Sica en Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948). El guante que lanzaron tanto el aragonés como sus colegas italianos fue recogido por Ken Loach, un alumno aventajado que llegó de las islas con joyas como Ladybird, Ladybird (1994) o Mi nombre es Joe (My name is Joe, 1998). Es imposible reducir la producción del cine social a la obra de este puñado de autores, pero sirvan de muestra para tomar de ellos los ingredientes esenciales: depresión económica, familias desestructuradas, autoridad sorda y violenta, y de fondo el barrio, un personaje mudo e implacable, que igual sirve de ejemplo de ruina y de sublimación de la humanidad de las clases menos pudientes, como de escenario para que Victor Hugo pudiera escribir su novela más universal.

Porque esta es la razón por la que el debutante en el largometraje, Ladj Ly, ha bautizado a su criatura con el nombre de Los Miserables (Les Miserables, 2019), porque toda la acción transcurre en el lugar donde el escritor romántico situó la parte más importante de su acción. Es complicado que el emplazamiento en el que nació Jean Valjean se parezca en nada al actual: el suburbio está habitado prácticamente en su totalidad por inmigrantes árabes y africanos, que sobreviven a su ritmo. No hablamos de un lugar integrado por mendicantes, atestado de basura y ratas, sino más bien de una comunidad solidaria con su vecino, en la que el mercado es el centro social, y la intimidad del hogar sirve para perpetuar sus costumbres.

A este terreno llega la patrulla especial de la policía, integrada por dos viejos sabuesos (Chris y Gwada), y su manido rol de personajes al borde de la corrupción (si no han saltado ya al vacío), y Stephane Ruiz, un agente nuevo que acaba de llegar a la comisaría. Dará comienzo así a una especie de relación Training Day (2001), ya que a través de su patrulla y de los conflictos que se generan en todos los frentes, recorremos la podredumbre moral de los agentes hastiados, la honradez e integridad inocente del hombre llegado de provincias. Pero también conocemos la jerarquía social del gueto, sus líderes, su delincuencia cercana al poder, su infancia y juventud millennial, más preocupada en pasarlo bien y tener el último modelo de teléfono móvil que en los problemas derivados de su estatus social.

Cartel de Los miserables

Una acción en apariencia inocente desatará un día de furia en Francia, en el verano que se proclamaron por segunda vez campeones del mundo de fútbol, entre los agentes y todos los integrantes del barrio, en una escalada de violencia que dejará orgullos y memorias heridas a su paso. Es en este terreno en el que sorprende el pulso de Ladj Ly, quien rueda de forma elegante, pero salvaje, el advenimiento de la catástrofe, con secuencias sublimes de una tensión insoportable (crispante y admirable al mismo tiempo la escena en el circo). Sin embargo el guion toma varias decisiones forzadas en pos de dar verosimilitud a la trama, que son muy cuestionables. Lo que no lo es son el reparto, impecables en cada rol, en el que destaca la presencia de un secundario que te hipnotiza en los pocos minutos que permanece en pantalla, el del antiguo delincuente Salah, interpretado por Almamy Kanoute. Prodigioso dominio de la cámara, con hermosos planos cenitales que sirven de bálsamo a la creciente mala sangre que toma el argumento hacia el irremediable y tormentoso final.

Premio del jurado en Cannes, y candidata por Francia a los Oscar, este film no dejará a nadie indiferente ante el debate que propone, desde el metafórico arranque de la película, con todos esos hijos de inmigrantes (ya franceses) siguiendo en masa en el centro de París el desarrollo de la final de la Copa del Mundo, donde todo es felicidad y compañerismo, y un final claustrofóbico entre las paredes de cualquier edificio arrabalero con mucha altura y poca anchura, en el que una sola decisión puede condicionar la vida del grupo.

Lo mejor: La ambientación, la autenticidad de sus personajes, su ritmo y su montaje.

Lo peor: Un guion por momentos forzado a la irrealidad en favor del transcurso de la acción, que no molesta, pero canta.

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