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En la boca del miedo: Carpenter, Lovecraft y Stephen King

John Carpenter, con una bien ganada fama de arisco, soberbio e insoportable egocéntrico, es sin embargo un autor que puede sacar pecho y decir: sí amigos, soy un director de culto que ha renovado géneros y ha parido peliculones a un ritmo al que pocos han rendido. Hablamos de un artista total, de esos que igual te firma la música, que te escribe el guion, o se pone a los mandos de la dirección de films tan trascendentales como Asalto al distrito 13 (Assault On Precint 13, 1976), Halloween (1978), 1997, Rescate en NY (Escape On New York, 1981), La cosa (The Thing, 1982), o una de las mejores (y escasas) películas de terror de la década de los 90: En la boca del miedo (In The Mouth of Madness, 1994).

Cultivador por antonomasia del género del terror, incorporó (como hacía Stephen King a sus novelas) la cotidianidad a sus guiones, abandonó la idea gótica y decimonónica de los monstruos oníricos, realizando una crítica directa a la sociedad de consumo y, concretamente, a la American Way of Life. Y sin embargo, en la película que hoy nos ocupa, incorporó a su historia prácticamente todos los elementos fundacionales del terror, sin olvidar, claro está, ese pellizco a los Estados Unidos nacidos de la era Reagan.

En la boca del miedo narra la historia de un eficiente, implacable y un poco cabroncete agente de seguros, John Trent, quien se ha vuelto loco debido a su último caso: encontrar al escritor más exitoso del mundo, Sutter Cane, para que entregue el manuscrito de la novela que cierra su serie multiventas. Esta misión llevará al cínico Trent a un lugar más allá de la realidad para demostrar que sus sospechas sobre un montaje publicitario son ciertas. O no.

El homenaje a la literatura de terror se encuentra presente desde el propio título, que recuerda al de la novela de Lovecraft At The Mountain of Madness. En el desarrollo del argumento la acción toma una dirección claramente deudora de la narrativa de Stephen King, desde el propio nombre del autor desaparecido, hasta la ubicación del pueblo donde se desarrollan los hechos, New Hampshire, vecina del escenario de King por antonomasia: Maine. Pero esto no es todo. La persecución de fieros perros por parte de felices niños despreocupados, fruto del puritanismo de las provincias; los genuinos habitantes de la auténtica América, alejada del fasto de las grandes ciudades; o la presencia de la sospechosamente oscura tienda de antigüedades, tan recurrente en las grandes novelas del autor de It y El resplandor

Jugando con los códigos del misterio, y con los golpes de humor recurrentes en el cine de Carpenter, la película transita desde la intriga a la aventura, para instalarse definitivamente en el terror, con escenas tan perturbadoras como las repetitivas pesadillas del protagonista. O esa carretera oscura como el sobaco de un grillo, por donde circula en mitad de sus densas tinieblas una bicicleta manejada por un pavoroso viejo que sonríe a la cámara antes de ser atropellado, y da paso a una de las escenas más escalofriantes de la década:

Mención de honor merece el gran Sam Neill, todo un clásico del moderno cine de terror, presente siempre en repartos que coquetean con el horror, como la francesa La posesión (Possession, 1981) o la australiana Calma total (Dead Calm, 1989). Con Carpenter ya había coincidido en la fallida Memorias de un hombre invisible (Memoirs of An Invisible Man, 1992), pero es en la que hoy nos ocupa donde redondea una actuación sin fisuras, creíble como el jocoso y egocéntrico John Trent, que descenderá junto a su cordura a un infierno de monstruos y terrores clásicos, con tintes de ciencia ficción, y que nos brinda como broche final un derrumbe de la cuarta pared que involucra a todos los espectadores en las consecuencias del espanto que acaban de vivir.

En fin, un batiburrillo de todos los elementos que han hecho grande al género en el cine. Un homenaje a su literatura, creadora de miedos mucho antes de que existiera el Séptimo arte, perfectamente resuelto por uno de los mayores maestros del terror, y uno de los artistas más completos de finales del siglo XX.

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