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Críticas

Sin olvido: Tu padre mató al mío, amigo

Pocas frases han alimentado tanto las carpetas de los adolescentes o los versos de los cantautores como “no es el destino, se trata de disfrutar del camino”. Esta es la premisa básica de una road movie, usar la excusa de una meta para mostrarnos cómo los viajeros evolucionan a través de sus experiencias en ruta. El cine ha dado joyas basadas en esta etapa del desarrollo del héroe. Fellini trazó un retrato pavorosamente humano en el devenir de dos personajes de circo en La strada (1954). La comicidad desbordante de Gable y Colbert en Sucedió una noche (It Happened One Night, 1934). El recorrido solitario y piadoso de un viejo granjero de visita a su casi desconocido hermano en Una historia verdadera (The Straight Story, 1999), o la antesala de una decisión vital y mortal en Hacia rutas salvajes (Into the Wild, 2007).

En Sin olvido (Timocnik, 2018), el director eslovaco Martrin Sulik sube en un coche a un anciano deseoso de venganza por el asesinato de sus padres en el holocausto nazi, y al hijo del militar que llevó a cabo tal atrocidad. Con la excusa de investigar los actos del pasado que marcaron para siempre sus respectivas vidas, sus destinos, Sulik rueda un drama en el que se ponen sobre la mesa la ambivalencia de sus caracteres (el hijo de las víctimas, un hombre amargado y vencido, frente al hijo del verdugo, un nihilista vividor), pero también el cambio de Europa a lo largo de las últimas décadas. Las ilusiones frustradas, la cada vez más palpable determinación de la vejez, sus restricciones frente al deseo, la sensación de que nada de lo que ocurrió sirvió para algo. 

El director, quien también firma el guion, nos muestra cómo los muertos que tratamos de esconder en el armario tienen la testaruda costumbre de salir de él en situaciones límite. Y en el reflejo de estas ambiciones y su fracaso es donde de verdad brillan sus dos protagonistas, alfa y omega del metraje, con una complicidad y profesionalidad que hacen que la película no deje de crecer hasta su sorprendente final. Peter Simonischeck, conocido por su papel en Toni Erdmann (2016), borda el papel de taciturno bon vivant, que plantea algunas de las cuestiones éticas más interesantes del argumento. Por otro lado asistimos al último papel de Jiri Menzel, toda una leyenda del cine checo, que falleció hace apenas unos días legándonos esta deliciosa composición de un traductor que jamás ha sido capaz de superar su pasado, y que trata de buscar respuestas y restituciones en el ocaso de su vida.

Una película delicada, llena de pequeños detalles que permiten a la narración avanzar de forma elegante e intrigante a través de un argumento que ya hemos visto en otras ocasiones. Cine europeo sin más pretensiones que analizar un momento concreto de la vida de dos personas, y de la decadencia de un continente.

Lo mejor: La interpretación sobria, divertida y creíble de sus protagonistas.

Lo peor: Su falta de ambición en el desarrollo de la trama.

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