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J.M.C.

LANDALEANDO


Hay personas y personajes despreciables que de una forma u otra entran en tu vida, y aunque quieres deshacerte del estigma que puede provocar conocerlos, no te queda más remedio que aguantarlos. En la mía, aparte de borrachos vespertinos y plañideras de abono en el camposanto, se me han pegado mucho los típicos sosos que repetían mucho aquello de “Si no te han dado por el culo no sabes lo que es la vida” y “¿Qué te gusta Alfredo Landa? Qué primitivo…”.

¡Ay Genaro! Quien pillase ahora una de 14…

Alfredo Landa, con permiso de Pepe Isbert y Javier Bardem, es el mejor actor parido en la marca España. Ni salir a Hollywood ha necesitado para demostrarlo. Con la perspectiva del paso del tiempo, y sus necrológicas, se pueden sacar tres conclusiones claras de la vida de don Alfredo: 1) que mató el hambre haciendo pelis del destape, 2) que hasta El Crack parece que Landa era un mierda, que solo se dedicaba a sacar pecho teenwolf con las suecas, y 3) que su consagración llegó olisqueando, trufero, por los campos de caza del franquismo.
 
Supongo que todo está ya escrito, y que la opinión de un simple espectador y admirador del Landa más casposo (sin olvidar sus secundarios berlanguianos, y sus tostones Garci’s  style) apenas tiene valor, pero no puedo dejar de visitar mis personajes favoritos de uno de los rostros más reconocibles de la gran pantalla; aquellos en los que dije, “joder, yo quiero decir tacos como este señor”.

A Alfredo Landa siempre se le ha tildado de facha y de derechón, en parte porque lo era, y en parte por los papeles que hizo. Sin embargo, con el fantasma de Franco aún revoloteando por las torres del castillo, el actor rodaba una ingenua e idealista película con Juan Antonio Bardem, un comunissssssta, que diría Mauricio Colmenero.
En un género poco trillado en nuestro cine (la road movie), Landa interpreta a un mecánico entrado en la treintena, soltero, juerguista, y con ganas de pasar el puente de agosto en Torremolinos, arrimando cebolleta a las guiris que se pongan a tiro….”para, para, para, ¿con este papel se alejaba Alfredo del Landismo?”. Po zi. Su personaje recorre y recoge, provincia a provincia, el sentir y la pulsión de la España que empezaba  nacer. Un país en el que el olor a sacristía y Dirección General de Seguridad, dejaban paso a los hippies, a valores humanistas alejados del vencedores y vencidos.
Bardem pone frente a un esperpéntico espejo a su protagonista: el reflejo del carnal espíritu del español medio, que deja paso a un profético perdedor de la clase media. Un dramático inocentón que araña con su moto y sus monólogos el asfalto de un tiempo pasado, que cada vez se nos hace más contemporáneo.
Una película que, por su calidad final, no pasó a los anales de la historia, pero donde se ve verdaderamente al primer Alfredo Landa dramático, cuatro años antes de dejarse bigote para hacer de Germán Areta.
Por cierto, que la película tiene escenas de esas que explican porque Berlanga no es Berlanga sin un Bardem o un Azcona a su lado:
El Brigada Castro. Un republicano y militar de carrera. Un admirador de la pureza castrista y de la disciplina. Un mando con muy mala hostia, y rodeado de ineptos. Un valiente soldado cuya única meta es robarle la vaquilla a los sublevados y joderles la fiesta. Un ateo radical, más de Durruti que de Vicente Rojo. Vamos, de nuevo, alguien tan alejado del Landa real como la pupila derecha de su izquierda en la mirada de Fernando Trueba.

Dispuestos a tomar Normandía si hace falta

Su animadversión hacia “la piporra”, su tragar con todo lo que mande el peluquero Broseta (magnífico su amigo José Sacristán), uno de esos puristas que mastican ortigas para desayunar y tener así el resto del día algo por lo qué quejarse. Un absurdo personaje dentro de un vodevil patrio, con un guión escrito desde los intestinos, donde la mala baba se reparte entre rojos y fascistas. Una comedia que esconde la amargura de las dos Españas.
Desde aquí, un póstumo, tardío, y admirado homenaje a todo un actor. Alfredo Landa. Un tío que haciendo películas como «Aunque la hormona se vista de seda», «Tío, ¿de verdad vienen de París?«, «Cuando el cuerno suena» ó«Profesur Eróticus», ha conseguido pasar a la historia como uno de los más grandes.

 

Por J.M.C.
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