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Críticas

La sombra del actor: Pacino, siempre Pacino.

En los últimos tiempos, hemos tenido la suerte de disfrutar de dos películas que han reflejado con absoluta maestría esa estrecha línea que a veces separa a la estrella de su sueño, al actor de su personaje, a la realidad de la ficción. Cisne Negro, con una portentosa Natalie Portman, y la oscarizada y maravillosa Birdman, mostraron hasta qué punto pueden llegar a ser pertubadoras las obsesiones sobre lo que uno desea, al trabajo que exprime la razón hasta llevarla al abismo de la locura. En la línea de esa idea y de esas dos cercanas referencias, la propuesta de su director, Barry Levinson (Rain Man), es correcta, pero sin llegar al nivel de las anteriores.

Simon Axler (Pacino) es un actor de larga trayectoria que durante una representación teatral toca fondo y cae en una profunda depresión. No sabe bien qué le ha ocurrido, pero es consciente de su incapacidad para poder seguir interpretando. Quizá es su definitiva retirada, no tiene respuestas a sus preguntas, sólo entiende que no puede seguir. Mutis por el foro.

A su salida del psiquiátrico, tras una temporada de terapia donde es consciente, por comparación, de que quizá no sean tan serios sus males —sí, siempre se puede estar peor—, se reencuentra con una joven (Greta Gerwig) a la que ya conoció siendo apenas una niña y que ahora regresa convertida en la mayor de sus fans, eso sí, más crecidita y dispuesta a romperle todos los esquemas. Vigor sexual para levantar el ánimo que se apunta como una mejor terapia que las sesiones grupales de autoayuda.

Es aquí donde la película resulta más previsible, floja y desnuda a la hora de mostrar las carencias de su guión. La relación que inicia Pacino con la joven es, cuando menos, sorprendente. Pero quiero ser sincero: es que, directamente, no me la creo. Con todo y con eso, la película se deja ver agradablemente, con un buen ritmo y con algunas situaciones un tanto surrealistas (sobre todo en la relación de Pacino con su psiquiatra vía Skype) que logran arrancar más de una sonrisa, para mayor lucimiento del gran actor neoyorkino.

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Y es que una vez más (y van…), Al Pacino vuelve a dejar una muestra del porqué de su consideración unánime como uno de los más grandes actores de la historia del cine. Ese magnetismo que sólo poseen los más privilegiados, aquellos que son capaces de llenar todos los huecos posibles, esos a los que perdonamos casi todo, incluso sus peores trabajos (que también los ha tenido como todo hijo de vecino), pero que siempre vuelven a sorprender con algo, un gesto inesperado, un silencio genial o una mirada amenazante desde los ojos del eterno Michael Corleone.

Una película irregular pero siempre entretenida, en la que se agradece mucho el no querer pecar de pretenciosa, pero que está dos o tres escalones por debajo de las comentadas Cisne Negro o la reciente Birdman.

Lo mejor: Al Pacino, que se basta y se sobra para sostener la película con su sola presencia.
Lo peor: la relación entre el personaje de Pacino y su joven ligue está cogida por los pelos.

Por David Peñaranda.
@yodigital01

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