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El contador de cartas: Camino a la redención

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©2021 Focus Features, LLC

Escribí en la crítica de El reverendo (First Reformed), allá por 2019, que por fin habíamos recuperado al mejor Paul Schrader. Y El contador de cartas (The Card Counter, 2021) no hace más que confirmar esta gran noticia. Permanecen las constantes de su cine en una cinta que parece mirar de reojo su pasado: no solo como director sino también como guionista.

En esta cinta protagonizada por Oscar Isaac se reconocen los rastros de Posibilidad de escape (Light Sleeper, 1992) en la querencia de su personaje principal por escribir sus pensamientos en un diario y compartirlos con el espectador en una enigmática voz en off. Asimismo, se repite ese homenaje a Pickpocket (1959) en su desenlace y se diseña un pasado lo suficientemente tortuoso como para condicionar la existencia y los pensamientos del protagonista. También hay espacio para las influencias de Taxi Driver (1976), uno de sus guiones más aclamados, cuyo eco resuena en la voluntad de este contador de cartas de «salvar» a un adolescente de un futuro calamitoso. Cómo no, encontrar la redención en un acto completamente altruista. Tampoco se oculta la influencia de El reverendo, que aquí se hace presente en esa necesidad del personaje de rendir penitencia por propia convicción: William Tell vive en libertad casi por obligación, al haber cumplido condena en una prisión en la que, casi sin darse cuenta, encuentra una forma de vida que se ajusta, como ninguna otra, a sus necesidades espirituales y materiales.

En los primeros compases del filme, la voz en off del protagonista nos advierte sobre esta circunstancia, un dato que explica su deambular por la vida en general y por las salas de juego en particular como si nada tuviera que perder. A la hora de transmitir este estado de ánimo se antoja imprescindible la sensacional interpretación de un Oscar Isaac que resulta especialmente enigmático y magnético, que parece al mismo tiempo el mayor encantador de serpientes y el arma de matar más peligrosa. Schrader trabaja muy bien todos estos matices, construyendo una atmósfera entre lo onírico y lo irreal que logra mediante un uso muy acertado de la música y unos movimientos de cámara tan parsimoniosos como decididos. Como en todo personaje de su universo, Tell es pura contradicción: se relaciona en un mundo repleto de color, lujo y tentaciones, pero de puertas adentro busca replicar la austeridad de su antigua celda (envuelve con sábanas blancas todo el mobiliario de las habitaciones de los moteles en los que pernocta para hacerlos impersonales) y persigue el estoicismo en su carácter. Una vez más, será una mujer quien le ayude a cuestionarse sus convicciones. En este sentido, Schrader construye una relación sentimental a fuego lento que destaca por la complicidad entre los personajes y la sensibilidad a la hora de sintonizarlos.

Como puede deducirse de este texto, El contador de cartas es una película hipnótica, pero también de un gran espíritu crítico contra las prácticas americanas en la prisión afgana de Abu Ghraib y analítica desde el punto de vista de la naturaleza dicotómica del ser humano: capaz de contener las mejores virtudes y los peores defectos en una misma persona. En otras palabras, un Schrader en estado puro

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