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Críticas

A Land Imagined: Un noir entre dos aguas

Son muchos matices de diferentes aromas cinematográficos los que se respiran en una película como A Land Imagined (2018). Su ambiente obstinadamente cargado es producto de una constante luz pesada, y una consciente sensación de somnolencia continuada, reflejo de una inspiración neo-noir que coquetea con el thriller y el drama social igual que lo hacen sus sombras con las luces de neón y las torres de iluminación de las inmensas factorías. Los reflejos, o la sensación de que alguien está jugando con ellos, añaden además una nueva perspectiva cercana a lo onírico, casi lynchiano, para polarizar al espectador confundido entre los posibles géneros.

Más allá de sus formas -donde no hay lugar para despreciar su atrevimiento- la película del novicio Yeo Siew Hua consigue hablar desde su entorno de un sitio común en la sociedad: la ciega adoración al neoliberalismo y lo complejo de apostar por creer en la humanidad. Cuando Lok (Peter Yu), un policía con alguna que otra tara y toques de existencialismo ahumado por tabaco, comienza a investigar la desaparición de Wang (Xiaoyi Liu) tras un accidente laboral, se descubren las verdaderas intenciones detrás de la cortina de adrenalina: el barro empieza a manchar el sueño del milagro económico del que Singapur ha alardeado los últimos años. Lejos de toda ficción, a miles de kilómetros de otros lugares donde se repiten las maneras, la inmigración queda expuesta a algunas de las más brutales cadenas de explotación de la actualidad para que otros puedan vivir su sueño económico, o expandir su tierra sin importar el impacto indiscriminado tanto medioambiental, como humano.

Formas, trasfondo y una trabajada narrativa desde la perspectiva de ambos protagonistas, generan un singular resultado que hace perdonar la falta de tacto a la hora de investigar a los personajes, el flaco favor que alguna trama hace al conjunto, o su continua insistencia por trascender hacia un cine de mayor calado. Aunque lo intente, no estamos ante algo cercano a la sagacidad de True Detective (2014), ni la laberíntica experiencia de Mulholland Drive (2001), pero sí ante un ejercicio con ciertas maneras, cargado de inspiraciones que nos hacen interesarnos por un director dispuesto a presentar nuevas perspectivas para abordar problemas globales, desde un lugar conocido.

Lo mejor: Descubrir entre sus formas ese mensaje de atención global desde un entorno concreto.

Lo peor: Cuando la atención por sus métodos juega en contra de su propia trama.

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