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Críticas

Masacre. Ven y mira: Fuego y azufre

Vaya por delante un aviso: Masacre. Ven y mira (Idi i smotri, 1985) no es película apta para todas las sensibilidades. Incluso aquellos endurecidos contra las imágenes violentas deberán poner un mínimo de distancia emocional ante las atrocidades que narra un film soberbio y único, pero demoledor.  No les será fácil sacar de su memoria el rostro constreñido por la rabia de Florya (formidable Alekséi Krávchenko) que, como figura vicaria del espectador, contempla atónito la masacre de la que habla el título: el exterminio de dos de las casi setecientas aldeas bielorrusas que arrasó el ejército nacionalsocialista durante la Segunda Guerra Mundial

El modo en el que Klímov prepara emocionalmente al público para ser testigo de la infamia no dista mucho del usado por Michael Cimino en El cazador (The Deer Hunter, 1978). El realizador ruso acomete con calma la presentación de Florya, el protagonista, que abandona a su madre y a sus pequeñas hermanas para alistarse en la milicia, entre los reproches y la desesperación de aquella. Ya en el campamento militar, el joven conocerá a Glasha (Olga Mironova), de la que se quedará prendado. Un encuentro inesperado será la ocasión de que se establezca de inmediato entre ambos un breve idilio adolescente. Se antoja imposible no tomarles cariño tras verlos reír y llorar, tras observar a la joven pareja esconderse y bailar en el bosque entre reflejos de arcoíris, tras haber sido testigo de su abrazo nocturno. Solo entonces, cuando el espectador ha conseguido dirigir su afecto hacia estos personajes, Klimov abre el cielo sin Dios de su relato para que descienda de él la destrucción, el fuego y el azufre del Apocalipsis bíblico al que hace referencia el título. Desde ese preciso instante, la banda de sonido -por momentos cacofónica hasta la estridencia- se convertirá en un poderoso recurso para hacer partícipe al espectador de la angustia interna y el aturdimiento de Florya.

El desgarro generado en el protagonista por las consecuencias de la destrucción de su aldea, al que se suma el de la separación de Glasha, ponen fin a la primera parte del film. A partir de ese momento, Florya se convertirá en un solitario prófugo de la muerte, consiguiendo escapar de ella una y otra vez solo para contemplar cómo caen en sus redes -extendidas por los nazis- sus compatriotas hombres y mujeres, jóvenes y viejos, militares y civiles. La magnitud de la ignominia es demasiado grande como para ser descrita en palabras y acaso solo el cine puede dar cuenta de ello. Lo cual no quiere decir que Klímov se recree por lo general en detalles escabrosos o sádicos. Las imágenes de su relato son contundentes -escasean las palabras- pero en general prefiere mostrar los rostros, las causas y las consecuencias, y dejar que sea la imaginación del espectador la que establezca el nexo, la que imagine el horror infinito.

Come and See” (1985) Elem Klimov
© Mosfilm

El final -en el que posiblemente se inspirase Tarantino para el de sus Malditos bastardos (Inglorious Basterds, 2009)- trata de dar literalmente marcha atrás en las imágenes de la Historia. El rebobinado de documentales del Führer, sin embargo, no consigue deshacer el horror, antes bien, refleja la frustración de personajes y espectador, como hiciera aquel célebre retroceso de Funny Games (Michael Haneke, 1997), al que acaso también sirva como referencia. No es posible ya volver al mundo de ayer, reparar el mal que conmocionará a los siglos sin término, y del que Masacre es testigo fiel. Su visionado genera más preguntas que respuestas. Algunas de ellas hallarán solución, tal vez, en los escritos de Hannah Arendt, que tan bien explicó los mecanismos de la sumisión nacionalsocialista a la perversidad sin límites. Otras, sin embargo, parecen más oscuras. No obstante, al menos un corolario queda claro tras abandonar la sala: las ideologías -pretéritas y presentes- que ven al otro como un enemigo a extirpar, se esconden siempre tras la pérdida, progresiva e incurable, del sentido de lo real y de lo humano.

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