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Críticas

First Love: Drogas, Yakuza y mala leche

Cuando el cine japonés se pone violento, el viento que lo agita vuela en dos direcciones: la que llega del Medievo y los samuráis, y el que refleja en la sociedad actual el papel de esa mafia idealizada en Occidente que es la Yakuza. La Yakuza, que son los Corleone del País del Sol Naciente, ha sido motivo de más de una y de dos producciones que, con el tiempo, se han convertido en películas de culto. Es de recibo nombrar la ya clásica Yakuza (1974) con unos inmortales Robert Mitchum y su deshonrado cuñado Ken Takakura, o el mejor (y joven) Kurosawa en sus primeras colaboraciones con Toshiro Mifune en El ángel borracho (1948) y  El perro rabioso (1949). O la cargante y manida Black rain (1989), en la que los códigos de honor comenzaban a dejar paso a la más estricta violencia. Todas ellas han tratado de adentrarse en las tradiciones y rituales de la asociación criminal más famosa de Japón.

First love (2019) no es el primer acercamiento de su director, Takashi Miike, a este género, pero quizá sea el mejor resuelto. La película narra el cruce de caminos de un joven boxeador que acaba de recibir una pésima noticia respecto a su salud, y de una prostituta con esquizofrenia que se encuentra en el centro de una trama mafiosa que enfrenta a la Yakuza, con la nueva y pujante mafia china. Con una acción trepidante que recoge lo mejor del pulp americano, y la más descarada comedia doméstica japonesa, First love es una montaña rusa a toda velocidad, con un espacio muy pequeño para la trama, pero con un gusto desbordante y excesivo por la violencia.

Con un reparto coral, el director no se detiene en cuestiones lógicas de guion, y deja que la historia fluya al ritmo de las persecuciones, las peleas y la sangre, con una efectividad de reloj suizo a la hora de conectar con el público amante del género. Sin la complejidad de su obra más conocida (Audition, 1999), ni la épica de su exitosa 13 asesinos (2010), el título de la película engaña respecto a sus intenciones, ya que el encuentro de ambos jóvenes, si bien promete una hermosa y necesaria relación a largo plazo, en el avance de su metraje te deja la sensación de que el cachondo de Miike se refiere al flechazo que el protagonista siente por la violencia una vez que la prueba. El punto fuerte del argumento y del montaje está en la secuencia final, en la que todos los grupos afectados por la trama se encierran en un mismo espacio para dar rienda suelta a un apocalipsis de extrema violencia y humor deudor del mejor anime.

Lo mejor: Acción, humor, sangre, ternura, violencia… Todos los ingredientes básicos para una ensalada de golpes.

Lo peor: Decisiones de guion forzadas al servicio de la acción, pero no de la inteligencia del espectador.

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