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Ha ocurrido y volverá a ocurrir: Duplicaciones y permutaciones en Marienbad, El resplandor y Twin Peaks

Un pueblo donde el tiempo ha cristalizado en un estado perpetuo de cínica americana; un aristocrático balneario donde los acontecimientos se repiten infinitamente salvo en leves pero fundamentales detalles; un laberíntico hotel donde sus huéspedes quedan atrapados en un sinuoso universo que se quedó anclado en 1926. En estos tres ecosistemas los protagonistas de sus historias deambulan por largos, angostos y asfixiantes pasillos cuyo inicio y final no es fácilmente vislumbrado, metáforas de sus estructuras narrativas, cintas de Möbius que no permiten averiguar que fue antes: el huevo o la gallina, la causa o el efecto. A su vez, los «héroes» trágicos de estas historias buscan infructuosamente una respuesta inasible que se les escapa de los dedos a medida que van profundizando en la madriguera del conejo y atraviesan el espejo de la aparente «realidad» para asir la «verdad», mientras son observados desde las alturas por entes invisibles, demiurgos que disfrutan observando las figuras dispuestas en un tablero de ajedrez tan críptico como hermoso, tan sugerente como aterrador.

Dicho relato puede tomar muchas formas. Desde la subversión del relato trágico y romántico en El año pasado en Marienbad (L’Annèe dernière à Marienbad, 1961), al relato de horror con los ingredientes típicos del sub-género de casas encantadas en El resplandor (The Shining, 1980), pasando por el whodunit criminal de Twin Peaks (1990) y su inmortal ¿Quién mató a Laura Palmer?. Puntos de partida que son solo mero atrezzo, de idéntica manera que los marmóleos huespedes de Marienbad, los espectros del Overlook o los inanimados clientes del Roadhouse en Twin Peaks The Return (2017). Mcguffins que sirven como excusa para adentrarnos en universos espejo donde los recursos formales externos funcionan como reflejo y espejo de aquello que anida en el interior de tan enigmáticas obras,  consiguiendo hacer dialogar unos trabajos con otros y construyendo, a lo largo de las décadas, un sentido casi unitario, donde los elementos de cada uno de los tres trabajos pueden servir para entender, analizar y descifrar el misterio del resto y a la inversa.

Por ejemplo, el señor X, protagonista de Marienbad y su obsesión por la señora A, guarda similitudes con la obsesión de Leland/Bob por Laura Palmer e incluso si se avanza un paso más allá, con ese agente Dale Cooper que a medida que avanza el serial, se descubre como un personaje de múltiples facetas, en el cual habitan en su interior distintas personalidades, ya sea Dougie Jones, Bob o Richard, este último la suma total, final y real de las partes: One and the same, como era pronosticado hace ya más de veinticinco años en el fundacional y aun revolucionario episodio final del Twin Peaks original. A su vez, la faceta de Jack Torrance de padre obsesivo y abusador se refleja completamente en la figura del incestuoso Leland Palmer cuya familia, formada por su esposa Sarah y su hija Laura viven igualmente aterradas que Wendy y Danny. Así, los tres protagonistas de relatos tan aparentemente diferentes, tejen una tela de araña que  acaba convirtiéndose en un laberinto de Creta donde las múltiples Ariadnas -ya sea llamada señora A, Wendy o Laura– intentan huir infructuosamente de sus particulares minotauros -Señor X, Leland, Cooper o Jack Torrance-, tras ser descubiertas sus verdaderas identidades por unos espejos que les enfrentan ineludiblemente con aquello de lo que huyen. Identidades escindidas que se centran en lo superfluo y banal -ya sea el juego con el que se enfrentan al infinito los habitantes de Marienbad, el libro inconcluso de Jack Torrance o la búsqueda incesante e infructuosa de una víctima de múltiples pero idénticos rostros- para no enfrentarse a lo «real», perdiéndose en un tiempo cíclico y redundante, ya sea con la repetición incesante de ese A day in the lifeeterno que es Marienbad, la novela inconclusa y en bucle que pretende terminar Jack Torrance para olvidar su pasado/¿presente? de abusos o Leland Palmer y su continua reconstrucción no solo de la relación parental con su hija sino con los acontecimientos que llevaron a su muerte, que al desembocar siempre en el mismo destino fatal -al igual que lo sugerido entre el Señor X y la Señora A en Marienbad- acaba por rendirse, pasándole el testigo a un agente del FBI cuya apariencia estoica y elegante le acaban haciendo caer en la oscuridad de un futuro pasado, un laberinto donde el espacio tiempo se replica y se retuerce y donde aunque parezca avanzar en línea recta -como se representa en ese lugar indefinido de cortinas rojas- va avanzando en zigzag, de idéntica manera que el suelo de la mencionada habitación donde comenzó lo extraño y lo especial.

Y es que lo extraño y lo especial -lo que los anglosajones denominan the weird– se encuentra a lo largo y ancho de las tres obras relacionadas. En Marienbad, tanto en un celuloide en apariencia poseído, representado en esas fracturas constantes de montaje que trasladan al espectador del presente al pasado… ¿o es al contrario?, como en los acontecimientos que anidan en el interior del mismo. No solo la señora A aparece y desaparece del encuadre de manera hierática como las gemelas Grady de El resplandor o la señora Tremond y su nieto que está aprendiendo magia en el Twin Peaks original y su secuela/precuela Fuego Camina Conmigo (Fire Walk With Me, 1992), sino que también podemos vislumbrar ese traspaso de mundos a través de la representación omnipresente de los espejos, del doble y de la verdadera identidad. Espejos que nos llevan al otro lado del espejo, donde lo real se retuerce, se pervierte, pero que da lugar primero a la violencia de un pasado bañado en sangre y el arrepentimiento consecuente que vuelve para impregnarse en el presente –It’s happening againse repite constantemente a lo largo de todas y cada una de las iteraciones del serial de David Lynch– dando lugar a una revelación y una supuesta redención para todos los protagonistas del relato, los cuales, víctima y verdugo, sea cual sea la iteración elegida dentro de cada una de las tres obras, caminan juntos hacia un lugar fuera del espacio tiempo conocido y también fuera de campo de los límites del celuloide que el demiurgo que controla a dichas marionetas ha dispuesto para que podamos ser testigos de este juego cíclico y eterno.

Y es que la figura del demiurgo, de la mirada de dios tan del gusto de Alfred Hitchcock y que convertía a través de la puesta en escena a sus personajes en meros peones sacrificables, es representada en los tres trabajos de dos maneras muy particulares: La primera de ellas, con suaves travellings horizontales que observan y siguen a unos personajes ajenos a los acontecimientos que se ciernen ante ellos y que sirven de metáfora del tablero de juego donde el demiurgo, el soñador que sueña y vive dentro del sueño –Monica Bellucci dixit en Twin Peaks The Return– situará a sus peones para desarrollar una partida cuyos vencedores y vencidos se encuentran tanto fuera de campo en el plano, como fuera de la comprensión de personajes y espectadores del relato audiovisual. Quizá ese demiurgo no sea más que el director de la obra, pero si nos atenemos al segundo recurso estilístico que demuestra la mirada de dios en las mencionadas obras -el punto de vista aéreo y cenital con el que se adentra al voyeur o espectador en el contexto donde se desarrollará la historia, repetido desde El año pasado en Marienbad (en menor medida), a El resplandor y sobre todo en la última iteración de la siempre mutable y cambiante Twin Peaks, quizá lo que los tres autores quieran transmitir a los espectadores es que dios y su mirada les pertenece a los espectadores y que así mismo, los espectadores que caen presa de estos juegos de espejos, de dobles, de estos espectáculos tan perversamente bellos como retorcidos, se convierten en los soñadores que sueñan y viven dentro del sueño de la ficción, de la construcción audiovisual que es el cine, fábrica de los más bellos sueños y a su vez de las más aterradoras pesadillas. Estos tres trabajos consiguen que esa dualidad entre belleza y horror se equilibre, entregando tres trabajos tan perfectos como únicos, inclasificables y complementarios.

Por Felipe Rodríguez Torres

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