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Críticas

Belfast: Nostalgia de cineasta

Parece llegar un momento en la carrera de algunos realizadores en el que deben sentirse lo suficientemente inspirados como para intentar hacer realidad eso de poner sus recuerdos de niñez delante de las cámaras, darle forma a la nostalgia y convertirla en una película más que engrose sus filmografías. Eso está haciendo Spielberg (The Fabelmans), lo hizo Almodóvar en su «biopic no exactamente un biopic» Dolor y gloria (2019), o también el mexicano Alfonso Cuarón con Roma (2018), su intimista y a la vez espectacular trabajo de 2018.

Precisamente, al largometraje de Cuarón parece agarrarse el bueno de Kenneth Branagh a la hora de contar sus vivencias: las idas y venidas de un crío inocente en el convulso barrio de Tiger’s Bay, un lugar de mayoría protestante en una Belfast a las puertas del conflicto sectario que habría de alargarse aún mucho más en el tiempo. Aquellas experiencias traumáticas que forzaron a su familia a abandonar la ciudad definitivamente, son ahora el pilar de un guion amable, ligero y no exento de un punto naif. Hay cierta condescendencia en el texto que describe Branagh que, si bien ofrece algunos momentos de gran belleza y ternura (las secuencias protagonizadas por los abuelos, Judy Dench y Ciaran Hinds), aleja la película de resultar algo más trascendental. Ese híbrido teatral y cinematográfico que plantea el director parece no acabar de encajar cuando la buena planificación de las secuencias más «familiares» se da de bruces con la impostura de aquellas que requieren mayor acción (los ataques protestantes)

Esa sensación de cierto cartón-piedra se acentúa con las decisiones de casting. No es sorprendente la fijación de algunos cines por eso de primar la hermosura frente al realismo, pero que dos guapísimos de metro ochenta como son Jamie Dornan y Caitriona Balfe sean la pareja de padres elegida resta verosimilitud a la propuesta. Si a eso sumamos que el niño Buddy es tan mono como un angelito renacentista o que el «villano» (con cierto tufillo a estereotipo) del film es de lo más atractivo… En fin, es cierto que hay subjetividad en esta afirmación, pero también una dosis importante de evidencia inevitable.

Lo que también resulta una certeza es que, aun estando lejos de la entidad y el poderío de su inequívoca hermana mayor, Roma, la película de Branagh es una historia que emociona y seduce a través de unos recursos a los que sí saca mejor partido. La fotografía de Haris Zambarloukos —entre lo íntimo y lo preciosista— y una colección de tracks de lo más sugerentes —en la que predomina Van Morrison— son dos de las grandes virtudes de una película con muy buenas intenciones pero con trazas de obra menor, de chuchería cinematográfica. En definitiva, la respetable forma en que Kenneth Branagh ha decidido contar una etapa de su infancia. Ni más ni menos que nostalgia de cineasta.

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