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Cine Europeo

Mayo de 1940: Éxodo impoluto

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Hace quince años, la carrera de Christian Carion zarpaba con La chica de París (2001), un íntimo drama rural que auguraba una interesante filmografía. Cuatro años más tarde, el cineasta francés trató de llevarnos a las trincheras de la Primera Guerra Mundial con Feliz navidad (2005), sin conseguir aportar nada nuevo al género. Con Mayo de 1940, su tercera incursión en el cine histórico —la previa El caso Farewell (2009) nos acercó inocentemente a las tramas de espionaje durante la Guerra Fría—, Carion nos muestra el desplazamiento que se vieron obligados a hacer numerosos pueblos del norte de Francia a raíz de la incursión de los nazis en el país, mas, al igual que en las ocasiones anteriores, la temática histórica parece haberle quedado grande. A pesar de ello, en un tiempo en el que basta encender el televisor para encontrarse con familias enteras obligadas a cambiar la tierra que las vio crecer por la sombra de los alambres de espino, un tiempo en el que ser refugiado parece ser el mayor de los delitos, no está nada mal que una película nos recuerde que, en algún momento, todos hemos necesitado movernos para poder sobrevivir.

Desde los primeros fotogramas de Mayo de 1940, podemos percibir que nos encontramos ante un trabajo más serio que los anteriores. Indudablemente, la cuidada fotografía y las apabullantes piezas musicales pueden hacer las delicias de los más exigentes, pero son elecciones preciosistas que, si bien podrían encumbrar un drama romántico o un film épico, se antojan incoherentes dado el tema escogido. Con su primer largometraje, Carion dejó muy claro que sabe trabajar con los entornos rurales, exprimiendo su belleza hasta la última brizna de hierba. Curiosamente, el escenario en el que una chica de ciudad busca cumplir su sueño se nos muestra más indómito que el que es testigo de un éxodo trágico y sangriento. En Mayo de 1940 los horrores de la guerra apenas se dejan ver o —peor aún— sentir, lo cual obliga al espectador a hacer un gran esfuerzo para simpatizar con las calamidades relatadas; probablemente la pulcritud de la que gozan tanto el vestuario como el peinado de los personajes, además de la intensidad cromática que impregna cada fotograma, tengan parte de culpa. Aun así, es justo admitir que esta búsqueda de exactitud en la puesta en escena nos regala momentos cuya belleza compensa la falta de espontaneidad de la misma, como pasa con la carga de los tanques sobre los campos de cebada o con las referencias visuales a la obra de Giuseppe Pellizza da Volpedo (a destacar las semejanzas del alcalde guiando a su pueblo con El cuarto estado, pintura cuya temática también es una migración de campesinos). Quizá el paradigma del efectismo de la película se halle en el tratamiento de la música, que resulta incoherente y descompensado. Este es el gran problema de trabajar con nombres de la talla de Ennio Morricone (sí, la partitura del film lleva la firma del genio italiano, y fue candidato al premio César por ella), cuya sublimidad y grandilocuencia habituales no casan demasiado bien con la historia narrada.

© Nord Ouest films / Pathé

© Nord Ouest films / Pathé

Todo esto nos hace pensar que el realizador francés no se da cuenta del potencial humano que tiene su cine, el cual, afortunadamente, asoma las orejas en ocasiones para regalarnos los momentos más lúcidos de la cinta: la intimidad de los habitantes del pequeño pueblo despidiéndose de sus bienes más preciados, preparándose para el peligroso viaje y dejando su pasado atrás por el advenimiento de un monstruo llamado guerra, o los mensajes que van dejando en muros y puertas los vecinos de las distintas aldeas a los amigos y familiares que vendrán detrás, demostrando que ni las bombas ni los tanques podrán separarlos. Mención especial para el leitmotiv más tierno y representativo de la película: una simpática oca que acompaña a los protagonistas, cuya inocencia animal trasmite una naturalidad que funciona perfectamente como metáfora de sentimientos humanos con los que, paradójicamente, resulta más fácil sentirse identificado a través de tan graciosa ave que observando al resto de personajes. Teniendo en cuenta lo anterior, es fácil entender que un pequeño pueblo del norte de Francia no necesita una orquesta sinfónica que acompañe su día a día, por muy bello que resulte lo que esta toque. El abuso de violines ahoga la humanidad. A pesar de ello, en este ámbito nos encontramos con alguna joya puntual de esas con las que este realizador nunca se olvida de obsequiar a sus obras: en este caso es la inigualable voz de Édith Piaf la que consigue hacer al protagonista olvidarse por un momento de su horrible situación y, a nosotros, sonreír; se trata de un símbolo nacional e histórico que sí nos descubre el interior de los personajes, una música que, como hace con ellos, evoca algo en nuestro interior porque forma parte de nuestro imaginario colectivo y cultural. Es precisamente esa sencilla humanidad la que, quince años atrás, ayudó a Una chica de París a marcar un buen pistoletazo de salida que, por desgracia, no ha trascendido a sus cintas posteriores, ahogadas todas ellas bajo la gran envergadura de los temas que tratan de abarcar.

Lo mejor: el tema que trata nos recuerda una triste realidad actual.

Lo peor: la edulcoración con la que se muestra la tragedia humana.

Por Martín Escolar-Sanz

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