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Festivales y Premios

Festival de San Sebastián 2021: Ecuador del certamen

Muchas son ya las películas y la falta de sueño que acumulamos tras cinco días de festival y, aunque el ir y venir durante la jornada pasa factura, acudimos a las proyecciones con la ilusión de la primera vez, hace ya siete largos años. Hemos visto cosas mejores y peores, pero el evento ya ha enseñado músculo definitivamente.

Para músculo el del cine francés, siempre poderoso y siempre presente en Donosti. Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, nos recuerda lo fácil que es descender a los infiernos de la fama y cuán dura será la caída si se viene de muy alto. A Karim, un escritor y youtuber (o algo así) al que todo el mundo admira por su libro recién publicado, le durará poco la alegría gracias a unos tweets subidos a la red bajo el alias que da nombre a la película. Sobre la palestra de esta hija bastarda de La red social (The Social Network, 2008) temas tan candentes como la libertad de expresión, la corrección política, el racismo, la homofobia y la habitual complejidad de clases de la multicultural sociedad francesa.

El que tampoco falla es el belga Joachim Lafosse, un cronista brillante que vuelve a los temas sobre la familia para contar la descomposición de una de ellas, afectada por la enfermedad de un padre bipolar interpretado magníficamente por Damien Bonnard (Los miserables). Lafosse dirige con maestría a los actores de Un amor intranquilo (Les intranquilles, 2021), una película que nos empotra en la butaca a base de realismo, honestidad sin amaneramientos y una gran dosis de humanidad.

Pero no es oro todo lo que reluce en San Sebastián. A pesar del interés -justificado- que genera siempre una sección como Nuevos Directores, a veces ocurre que en su programación podemos darnos de bruces con algún trabajo fallido. Todo es discutible, claro que sí, pero es indudable que a algunas de las óperas primas que el certamen incluye es difícil encontrarles el sentido. Tal es el caso de la canadiense El ruido de los motores (Le bruit des moteurs, 2021), el primer trabajo de Philippe Grégoire que olvida rápido el ingenioso tono de comedia de sus primeros minutos para dar paso a un film errático que toma un rumbo desconcertante. Ya no hay risas ni ingenio, solo una sospechosa intención de querer ser un auteur… o parecerlo.

Pero esto solo resultó ser una pequeña piedra en el camino. Las vacaciones de Hilda (2021), Amparo (2021) y Distancia de rescate (2021) -las dos primeras más que la última- volvieron reivindicar el fabuloso nivel del cine latinoamericano. Aunque cada una de ellas tiene su propia personalidad y unos valores particulares, Amparo destaca por el uso del lenguaje cinematográfico, tan revelador como sobrio, tan sutil como implacable. La primera película del colombiano Simón Mesa Soto, hecha con un presupuesto muy bajo, pone de manifiesto no solo la podredumbre de las estructuras de poder en Colombia, sino lo difícil que es sacar adelante un proyecto como el de Soto en un país plagado de trabas.

Llegaba el turno del japonés Ryûsuke Hamaguchi (Happy Hour), uno de los autores nipones más destacados del panorama actual que, además, ha presentado en San Sebastián dos películas. Por un lado, La ruleta de la fortuna y la fantasía (Guzen to sozo, 2021), el Gran Premio del Jurado del último Festival de Berlín, que se divide en tres historias protagonizadas por tres personajes femeninos. Uno puede elegir la que más le guste, pero es indiscutible que las tres resultan de lo más seductoras. Hamaguchi es un excepcional narrador, y también lo demuestra en la laureada Drive My Car (Doraibu mai kâ, 2021), basada en un relato de Haruki Murakami y premiada en Cannes con muchos argumentos para encumbrarla.

Para el que esto escribe, el inesperado plato fuerte ha llegado desde el Festival de Sundance directamente a la sección Perlas. Mass (2021) es el sobrecogedor debut de Fran Kranz que protagonizan Ann Dowd, Jason Isaacs, Reed Birney y Martha Plympton (sí, una de las protagonistas de Los Goonies), una película sobre la responsabilidad de los padres en las decisiones de sus hijos, la pérdida, el duelo, la redención, la culpa… y el eterno debate de las armas en el país norteamericano. Kranz rueda como si tuviese mucha más experiencia, entendiendo la austeridad de la puesta en escena y el control de las emociones de sus personajes como aspectos esenciales de un film que podría haber pecado de todo lo contrario; nada puede golpear más que la autenticidad de las reacciones humanas ante la tragedia y Mass pega directamente en el lacrimal al activar gradual e inteligentemente la empatía del público, incapaz de permanecer ajeno a la situación que se expone. Es, desde luego, una de las mejores películas que se han podido ver en lo que va de festival.

Por su parte, Paolo Sorrentino ha hecho presencia en el festival con Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, 2021), que son dos películas en una. Por un lado, una comedia italiana con trazas de Berlanga. Caricaturas familiares, diálogos feroces que hacen de la vulgaridad una virtud, costumbrismo deformado y, por supuesto, Toni Servillo llenando la pantalla, como casi siempre. Por otro, un drama existencial en el que Sorrentino parece encontrarse menos cómodo. Del cambio de tono no molesta tanto su brusquedad, como la sensación de una oportunidad perdida. El trabajo del realizador italiano es elegante y está menos recargado, menos barroco, pero resulta indudablemente menos trascendente que algunos de sus largos anteriores.

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