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Críticas

Las niñas bien: El malestar que no tiene nombre

Mi problema ya sé, es un problema de credibilidad y de identidad: nunca me enseñaron a aceptarme, ni como mujer ni como mexicana. El sueño dorado de mi mamá era que nos casáramos con extranjeros. No creo en nada, no encuentro respuesta a nada. ¿No habrá pastillas que hagan regresar la fe? Estoy triste, doctor; me siento como piñata suspendida en el aire y tengo miedo de caerme.” Así describe su malestar una de las muchas ‘niñas bien’ que pueblan la novela homónima de Guadalupe Loaeza (una sensación similar a la recogida por Betty Friedan en La mística de la feminidad) adaptada ahora al cine por Alejandra Márquez Abella. Es, precisamente, este aspecto (esa angustia incomprensible y su consecuente crisis de identidad) el que parece haber dado forma a la versión cinematográfica, mucho más reflexiva, consciente y autocrítica con la realidad que en el material de partida, al presentar a su protagonista en el proceso de salida del trance en el que vive inmersa.

Porque Las niñas bien (2018) es una de esas cintas complejas que asombran por su sutileza, por su capacidad para confrontar al espectador con una incómoda realidad mediante un discurso coherente, sólido y certero.  A partir de los personajes creados por Loaeza (los cuales eran más unos arquetipos que individuos concretos), la realizadora abre una ventana al mundo de Sofía (Ilse Salas), una de estas mujeres de clase alta que, a pesar de la distancia que el filme toma con la novela, encarna los rasgos más definitorios de aquella. Lo más sorprendente, quizá, no sea la construcción del relato (la historia de una de esas mujeres y cómo afrontó la crisis económica que en los ochenta golpeó a México), sino todo el armazón formal que lo sostiene.

Hay una fuerte seducción en las imágenes de Márquez Abella: a partir de planos detalle y un ralentizado movimiento de cámara, toda clase de lujos y delicados gestos dan cuenta de la ensoñación en la que viven las mujeres de clase alta de México. Construida a partir de la capa más superficial de uno mismo, la identidad se encuentra en el centro de un relato que parte del reflejo que le devuelven a Sofía la multitud de espejos que decoran su vestidor, y que se nutre de la miradas de los otros.  A medida que avanza la cinta, hay una fractura que atraviesa el centro de esta mujer, con cada uno de los golpes de realidad que la van desplazando de la fantasía en la que vive; una fractura que se refleja en una ruptura con el tono irónico de la película cuando la tragedia e incluso el suspense se apoderan de la narración. A la vez que el personaje pierde la necesidad de aparentar (y el maquillaje, la pulcritud y el obsesivo control de los más insignificantes detalles), los sonidos se vuelven más ensordecedores, las luces menos brillantes y las amistades menos amables. La elegancia es sustituida por emociones más auténticas y más puras, lágrimas y risas que han dejado de estar huecas y permiten traspasar las máscaras tan refinadamente construidas tras las que ocultarse.

Las niñas bien no es solo la libre adaptación de aquella revolucionaria mirada que Guadalupe Loaeza supo dirigir sobre un grupo de mujeres consentidas, fascinantes y clasistas que, de tan desesperadas por aparentar, olvidaron cómo ser. Es también el retrato (y la sátira) de una realidad que, décadas más tarde, sigue estando vigente en una sociedad repleta de hipocresía, donde lo material está por encima de cualquier aspecto espiritual y los cuentos de hadas son un manual de instrucciones.

Lo mejor: La complejidad formal, la multitud de capas y la inteligente e imaginativa puesta en escena.
Lo peor: Que se pueda percibir como otra de tantas cintas acerca de la crisis económica.

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