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Críticas

Muñeco diabólico: La preocupación social

Es curioso que en un corto periodo de tiempo hayan coincidido dos productos de carácter tan similar como son la nueva temporada de Black Mirror y una nueva actualización del clásico de terror Muñeco diabólico (Child’s Play , 1988). El episodio de la producción británica Rachel, Jack y Ashley Too (5×03 ), narra la historia del éxito de una cantante y de cómo éste deriva en una suerte de tecno-merchandising en forma de robot con inteligencia artificial y los peligros que ello conlleva. La comparación resulta inevitable y más cuando los estrenos son casi coetáneos. Porque, con el Muñeco diabólico, la importancia de su nueva revisión está en su herramienta crítica acerca del ámbito en el que ha surgido: las nuevas tecnologías. O, quizá, ha nacido simplemente bajo la demanda del mercado y la ambición de los grandes estudios por sobrealimentar el panorama de secuelas, reboots y remakes.

Como sea, la saga creada por Don Mancini puede tanto representar el puro entretenimiento, como (teorizando) una alegoría símbolo de la transición desde la infancia hacia la edad adulta. Esto último, en una saga como la del muñeco, sí funciona a la perfección anclándose al contexto que resulte necesario con Chucky resultando fiel reflejo de problemas más acuciantes. Esta es la esencia de toda la saga, una pseudoantropología en clave presente que, de una manera u otra, soslayan la incomprensión infantil que pueda surgir en cada título, a excepción de títulos de serie B colados en mitad de la saga y que no representan más que un aporte palomitero. Desde la primera hasta la última, algún rasgo se plasma como un proceso de crecimiento, madurez o recuperación mental.

Con su última propuesta, Muñeco diabólico (Child’s Play, 2019),
Lars Klevberg parte desde cero y vuelve a mostrar a un Andy niño (Gabriel Bateman) que recibe un muñeco de nombre Buddi (voz de Mark Hamill, por cierto) de parte de su madre (Audrey Plaza) y a partir de aquí, todo se repite. Porque lo que menos importa es el qué, sino que, como en las anteriores, lo que prevalece es el cómo. Las puestas en escena de la trilogía original aportan algo que quizás le falta a esta nueva versión, pero que, sin embargo, no hace que ésta pierda un ápice de sus intenciones. En la primera Muñeco diabólico los planos subjetivos y de espaldas dominaban la pantalla para incrementar la sensación de suspense; en Muñeco diabólico 2 (Child’s Pay 2, 1990), por extraño que resulte, existe, salvando las distancias, un pequeño homenaje a Kubrick y El Resplandor (The Shining, 1980) con un uso patente de los grandes angulares y la profundidad de campo; y, también recordando al maestro americano, en Muñeco diabólico 3 (Child’s Play 3, 1991), la ambientación y tratamiento narrativo pueden evocar a La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, 1987). En el actual estreno, el tratamiento que propone Lars Klevberg está completamente alejado de las tres anteriores, exceptuando pequeñas dosis en forma de un único plano subjetivo o la consciencia de añadir elementos más a sus escenas mediante planos generales en contra de los sencillos, sobrios y subjetivos planos de los tres primeros filmes.

Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

Sin embargo, su acertado gamberrismo entabla conexión con el discurso de La novia de Chucky (The Bride of Chucky, 1998), con un tono reciclado a otra época y un estilo simple y directo, desmitificado del slasher ochentero y asemejado al grunge macarra de los noventa. Ambos realizadores presentan soluciones estilísticas casi inadvertidas y se apoyan en gran medida en la comedia negra. Y es aquí donde Muñeco diabólico alcanza el elemento que, sin duda, ofrece las mejores soluciones narrativas de todo el metraje.

Con o sin adeptos, esta es una saga que siempre ha sabido lo que hacer, independientemente de la representación terrorífica de un muñeco parlante. Don Mancini se atreve a mezclar terror cinematográfico con el temor social y las preocupaciones que puedan afectar a las edades más vulnerables.

Lo mejor: Las escenas cómicas.

Lo peor: El nuevo diseño de Chucky.

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