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Elvis: Así aparecen las leyendas

Un joven va a actuar en un concierto local de música. El evento sucede en la América profunda en plenos años 50, el puritanismo y el conservadurismo campan a sus anchas mientras que fuera se propaga la marca Estados Unidos como tierra de las oportunidades, aunque su sociedad esté socavada por las desigualdades o el racismo. 

Subido en el escenario, el chico, natural de Memphis y ataviado con un traje rosa, comienza el número. Toca su guitarra y arranca a cantar haciendo alarde de una voz profunda y portentosa. Sus dotes como artista no acaban ahí. Comienza a contonearse y mover la pelvis con una desenvoltura pasmosa. El público, compuesto en su mayoría por muchachas inexpertas, educadas en la castidad y sin ninguna noción de sexualidad, entra en un clímax absoluto. El cantante ha originado una exaltación orgiástica colectiva. Las chicas se han convertido en fans. Ha nacido una estrella, pero sobre todo, acaba de emerger un icono.

Es difícil pensar en otro cineasta que no sea Baz Luhrmann para llevar a la gran pantalla la figura de Elvis Presley. Su filmografía es como la vida que llevó el artista: dedicado por y para los escenarios, rebosante de energía, con un estilismo tan abigarrado como hortera y colmado de excesos. Dentro de esa dirección artística inflada de pirotecnia y con un montaje que va sin frenos, el australiano, fiel a sí mismo, vuelve a ofrecer a su público el mismo esquema de cuento que mantiene desde que estrenó El amor está en el aire (Strictly Ballroom, 1992), hace ya tres décadas: un protagonista incomprendido –no importa que se trate de un bailarín en ciernes, Romeo Montesco, un pobre escritor del París de los años veinte o Jay Gatsby–, un héroe que emprende su aventura luchando contra los obstáculos que aparecen en el camino para llegar a su gran meta: el amor, y además, como es este caso, la libertad. Luhrmann coloca a los personajes prisioneros, física y mentalmente, en suntuosas y ornamentadas celdas: la casa de los Capuleto, el propio Moulin Rouge o la mansión Gatsby. La jaula de oro en esta ocasión es The International Hotel, morada del Rey en sus últimos años y donde el Coronel Tom Parker (Tom Hanks) opera con naturaleza maquiavélica para sacar provecho de su presa

Es este, un hombre proveniente del espectáculo del circo, a quien Luhrmann coloca como narrador (otro de sus estándares cinematográficos). Al igual que Salieri narraba la vida de su enemigo en Amadeus (1994), es Parker quien cuenta la historia del Rey a modo casi de confesión en su lecho de muerte. Una forma de decir que la historia, la del artista, pertenece al hombre que le desangró. 

© Warner Bros.

Sin embargo Elvis (2022) no es un biopic. Tampoco es un musical, aunque como en toda la filmografía de Luhrmann, las canciones sean las encargadas de marcar los ritmos y giros de la trama. El repaso a la vida del artista es lo de menos. El cineasta apuesta, como siempre, por el espectáculo recargado, alucinógeno y anfetamínico, una fiesta donde lo kitsch hace gala de la extravagancia más suprema. Todo ello para reverenciar al Rey, pero como se hizo en Rocketman (2019), que sí era biopic musical, sin olvidarse del lado oscuro del protagonista. 

Elvis se hizo tan dependiente del cariño y adoración del público como de los barbitúricos y el alcohol. El hombre y la leyenda se fusionan en esta trama de dos horas y media. Una trayectoria que nace en un ambiente empobrecido –orgullo de clase, al estilo del australiano una vez más- y avanza hasta una muerte prematura a los 42 años. 

Luhrmann esculpe cada época con un determinado estilo: desde ese niño que juega a superhéroes (lleva colgado un rayo en homenaje al Capitán Marvel), y que al ver actuar a un coro de góspel entra en trance. De ahí, como si de un cómic se tratara, se pasará a otras viñetas, cada una con un episodio de su vida, cada una con una textura: el noviazgo y matrimonio con Priscilla, su etapa en Hollywood, la estancia en las Vegas, y finalmente las largas secuelas de su muerte, cuando una vez más nos topamos con Parker y nos damos cuenta de quién está contando la historia. Un desenlace típico del cineasta: tras los fuegos artificiales, el cronista de turno nos baja a la tierra, y por tanto a la gris y anodina realidad.

© Warner Bros.

Eso sí, el viaje será como siempre frenético, en parte gracias a un protagonista entregado y que sabe trasmitir ese trasfondo emocional al público. De eso se encarga Austin Butler. Muchos han sido los actores que han interpretado al Rey en el cine: Kurt Russell en Elvis (1979), película para televisión de John Carpenter, Michael Shannon en la prescindible Elvis & Nixon (2016), y hasta un Val Kilmer espectral en Amor a quemarropa (True Romance, 1993). Ninguno de ellos ha conseguido la energía física, emocional y hasta eléctrica que palpita a través de la actuación de Butler. Es hasta contagiosa. El actor, con mucha labor preparatoria, supera la prueba con creces. Aquí no se necesitaba un imitador de Elvis: se requería a un intérprete que superase a la película, a quien las capas de purpurina no le ahogasen y que nos dejase ver que bajo la indumentaria dorada y el tupé hay un ser que sufre, alguien que pese al movimiento de caderas se siente inseguro por la pérdida de su madre, y que a pesar de contar con hordas de fans estuvo siempre muy solo. 

Al drama no le falta la historia de amor, muy breve dentro de un extenso metraje aunque sobrecargado de sentimiento, tan verosímil como las parejas que formaron Claire Danes y Leonardo DiCaprio o Nicole Kidman y Ewan McGregor. El matrimonio del cantante no fue perfecto, y en la película muestra ese declive. El vínculo entre Butler y Olivia DeJonge traspasa la pantalla, personificando las letras de éxitos como Can’t help falling in love with you o Always on my mind

Baz Luhrmann es fiel a su irreverencia caleidoscópica, al drama sobrellevado por el desenfreno. El realizador ha hecho de la desmesura su seña de identidad y un biopic dedicado al Rey del Rock merecía lo propio. La biografía de Elvis se ajusta a su estructura: porque ese protagonista, ese héroe que emprendió su viaje, saboreó la felicidad extrema, se elevó a lo más alto para posteriormente encontrar un aciago final

Así aparecen las leyendas. 

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