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Críticas

Blaze: Armonías de destrucción

Antes de que unos trozos de cinta adhesiva formen en pantalla el título del film, una extravagante escena a golpe de gruñidos, improperios y cartas de póker lanzadas al aire advierte del atípico personaje que está a punto de salir de ese anonimato al que ha sido relegado para el gran público. Ethan Hawke regresa al mundo de la música para contar una historia de autodestrucción y sueños rotos a partir de un complejo ejercicio de composición; un biopic que el mismo Hawke coescribe con Sybil Rosen, la musa de este desconocido compositor country cuyas memorias son el punto de partida de este proyecto.

Blaze es un elogio a la figura de Blaze Foley, un desconocido músico de la escena folk de la década de los sesenta, de carácter problemático y que murió prematuramente, dos aspectos fundamentales que sirven para urdir toda una leyenda. Así, las declaraciones de Townes Van Zandt durante una entrevista, que tienen más de anécdotas exageradas por la tragedia que de testimonios veraces, sirven para armar un relato que sigue el sendero marcado por el legado musical de Foley. En su empeño por desentrañar la intrahistoria musical, el cineasta lleva a cabo una minuciosa ambientación que tiene su punto álgido en la recreación de la última actuación del compositor. Una y otra vez, Hawke vuelve a ese escenario, a pasear la cámara por cada uno de los rincones del bar (y por los rostros de sus espectadores) que acogió un instante convertido en mítico por la tragedia que le sucede.

Aunque no hay una continuidad lineal en la estructura de Blaze, hay una coherencia narrativa que atraviesa toda la cinta: el caos, el fracaso personal y los instantes de mayor desolación de este hombre están vinculados a los momentos opuestos, los luminosos y escasos, cuya puesta en escena en tonos sepia responde a una onírica representación de la paz en la que viven Blaze y Sybil. El realizador diseña una delicada narración donde el sentimiento subyacente es el que vertebra el conjunto: el dolor, la melancolía y el amor van salpicando los episodios que intentan dar cuenta del proceso de autodestrucción en el que puede estar sumido el más grande de los talentos.

Hawke se aleja de los convencionalismos del género, gracias a esa coherencia con que se aproxima al personaje, así como a la libertad con que traza este particular elogio de la locura, y propone un prisma de múltiples caras y aristas con total franqueza y honestidad, sin dejarse deslumbrar por la compleja labor de creación de mitos. Todo un canto a la desgracia, donde el arte puede salvar y condenar y la música es la única vía de conexión con uno mismo.

Lo mejor: la nada convencional propuesta con que abordar otro biopic musical.

Lo peor: cargar con la etiqueta de actor incluso haciendo una gran labor como cineasta.

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