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Críticas

Nación cautiva: El alien acampó entre nosotros

La excusa de una invasión extraterrestre que cambia las relaciones sociales en la Tierra se ha tratado en películas como la maravillosa District 9 (2009), en la que la convivencia entre seres de otros planetas y los terrícolas se afianza como uno de los argumentos más apetitosos para la metáfora social y la sátira política. En Están vivos (They Live!, 1988) la desconocida presencia de alienígenas tiene por objeto la crítica del consumismo feroz, heredero del ultraliberalismo de Reagan en la década de los 80. O La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956) el clásico de culto de Don Siegel, donde tras la apariencia Wellsiana de una conquista marciana del planeta, se escondía una feroz crítica al pánico anticomunista de los EEUU de la época. 

Nación cautiva (Captive State, 2019) vuelve de nuevo a desplegar sobre la pantalla este lenguaje metafórico, crítico con la situación social, aunque en este caso la trama nos lleve más hacia la acción pura que hacia la reflexión política. Hace años que los humanos conviven con unas criaturas llegadas desde otro planeta, y que al parecer trajeron el equilibrio a la frágil situación de la democracia en el mundo. Sin embargo, un grupo rebelde pretende hacerse de nuevo con el poder, enfrentándose tanto al invasor como a los colaboracionistas instalados en el gobierno.

Tratando de dar ritmo a la historia, y procurando el mayor suspense posible a su argumento, el director Rupert Wyatt dota a la película de un montaje un tanto deslavazado y lioso, que en el arranque se puede hacer incluso pesado. Sin embargo, una vez familiarizado con los personajes (de los que el espectador tiene que deducir sus motivaciones) el guion fluye, y nos ofrece algunas escenas magistrales de acción. El reparto funciona bien, como solo puede ocurrir cuando lo encabeza una leyenda como John Goodman. Ashton Sanders, recordado por su papel en Moonlight (2016) no tiene un papel para lucirse, y queda en tierra de nadie entre víctima y héroe de un plan en el que nunca quiso participar. Vera Farmiga, a la que algunos maldicientes califican de Cate Blanchett de marca blanca, apenas tiene espacio en el metraje para ser considerada protagonista.

Al terminar de ver la película, y a pesar de que el rastro de migas nos lleva a un destino recordado, queda un poso de satisfacción que uno no sabe bien si es por el entretenimiento propuesto, o por haber entendido finalmente la trama.

Lo mejor: La secuencia del atentado es casi un 10. John Goodman, como siempre, a altísimo nivel.

Lo peor: Un montaje que pretende ser ambicioso, pero termina siendo un desastre.

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